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29 Junio, 2006 

CARMEN MAGALLÓN PORTOLÉS PRONUNCIÓ UNA CONFERENCIA EN FUERTEVENTURA SOBRE "NACIONALISMO,MUJERES ORGANIZADAS Y PROCESOS DE PAZ: LA RESOLUCIÓN 1325 DEL CONSEJO DE SEGURIDAD"



El Ciclo de Confrencias que la "Fundación Manuel Velázquez Cabrera", ha estádo impartiendo en Tiscamanita, dentro del Aula Nacionalismo y Globalización, continuó el pasado 12 de Junio de 2006,donde Carmen Magallón Portolés, Doctora en Ciencias Físicas,Profesora Asociada a la Universidad de Zaragoza , Directora de la Fundación "Seminario de Investigación para La Paz, y Vicepresidenta de la Asociación Española de Investigación para la Paz (AIPAZ), pronunció una conferencia sobre el tema "NACIONALISMO,MUJERES ORGANIZADAS Y PROCESOS DE PAZ: LA RESOLUCIÓN 1325 DEL CONSEJO DE SEGURIDAD"

href="http://www.fuerteventuradigital.com/noticias/GaleriasFotograficas/2005/12/17/135726.asp">DEL AULA "NACIONALISMO Y GLOBALIZACION".





La Doctora Carmen Magallón Portolés nos ha remitido un resumen de su conferencia, el cual reproducimos a continuación:

1. Agradecimientos 2. Sistema de referencia para elaborar conocimiento: las vidas de las mujeres 3. Comunidades de pertenencia e identidad 3.1. Los sujetos colectivos: los aragoneses, los canarios, las mujeres… 3. 2. Diferencia y desigualdad 3. 3. Discursos que manipulan la diferencia 3. 4. Políticas identitarias 4. Visiones positivas de la pertenencia comunitaria 5. El protagonismo de las mujeres en la construcción de la paz 6. Mujeres organizadas por la paz 7. Mujeres y negociaciones de paz. La Resolución 1325 del Consejo de Seguridad



1. Agradecimientos

Quiero dar las gracias a la Fundación Manuel Velázquez Cabrera, y sobre todo a quien ha sido para mí su personificación a través del teléfono y la pantalla hasta que lo he conocido en persona: Felipe Bermúdez Suárez. Su amabilidad y su acogida ha hecho que nos sintamos como en casa y entre amigos, desde el primer momento. Aunque no es la primera vez que hablo aquí en las islas Canarias, quisiera tener un pensamiento para mis compañeros y compañeras que nos acompañaron allá en la Facultad de Ciencias, en Zaragoza, en nuestros estudios de físicas: Elías, Fina, Lola, Yolanda, y otros amigos que hicieron el viaje a la inversa, como Norberto… Parece mentira, (a mí me lo parece) pero estoy hablando de hace más de 30 años.

En los años 70 eran muchos los canarios que venían a estudiar a la península, y en concreto a nuestra ciudad. Para quienes procedíamos de los pueblos de Aragón, con este acento tan nuestro y tan marcado, la suavidad y los giros de nuestros amigos canarios eran una novedad que nos atraía por su dulzura. Por ellos conocimos el gofio y otros sabores isleños, también el lío que se armaban –al menos, Elías Cárdenas- con el concepto de primer plato y segundo plato. Un profesor de aquí, Domingo González, alias ‘el guanche’, ilustraría a muchas generaciones de físicos en los arcanos de la termodinámica. Todavía mantenemos buenos amigos en Lanzarote, unos dedicados a la noble tarea de los libros, otras a la enseñanza... Y también hubo quien se quedó en nuestras tierras de Aragón.

Todo esto para decir que ya de entrada siento un cariño por las gentes de esta tierra que viene de lejos en el tiempo, pues nace de aquellas relaciones de amistad tan entrañables. Un cariño que en cada visita traslado y revivo. Esta traslación es un reflejo de lo que sucede al relacionarnos entre las personas: que además de la relación individual, hay una adscripción ligada a una identidad colectiva que extendemos a los miembros del grupo de referencia. Constato que se trata de un mecanismo que se da y que, desde luego, hay que someter a una mirada crítica para no caer en generalizaciones simplistas.

2. Sistema de referencia para elaborar conocimiento: las vidas de las mujeres Me acerco al tema de este ciclo “Nacionalismo y globalización”, desde la posición de alguien que vive en una zona, Aragón, que no se caracteriza por ser especialmente nacionalista. Allí pecamos de querernos poco. Personalmente, amo a mi tierra, y si me preguntan soy más de Teruel que otra cosa. Fui alumna de José Antonio Labordeta, formé parte del grupo de Teruel que en los años 60 vivió unos años de creatividad, de los que nacerían cantautores como Labordeta y Carbonell. Creo que los cantautores de mi tierra hicieron mucho por ella.

Aquí voy a hablar desde la perspectiva (el sistema de referencia) de las vidas de las mujeres. De la física aprendí que cuando se aborda un problema, lo primero que hay que seleccionar es un sistema de referencia. No es lo mismo mirar desde una terraza que desde el nivel de la calle; desde un tren que arranca o desde el andén que va quedando atrás. De modo análogo, puede decirse que todo conocimiento se elabora desde un sistema de referencia que lo sitúa, desde una perspectiva arraigada en la experiencia de un grupo humano.

El interés de un pensamiento situado en la experiencia de un grupo históricamente discriminado radica en que es precisamente desde los grupos excluidos, desde la experiencia de la exclusión, desde donde nacen interpretaciones críticas y visiones alternativas de la convivencia cotidiana y la política, que pasan desapercibidas a la mirada hegemónica Por eso me parece importante que un ciclo como éste, sobre Nacionalismo y globalización, incluya una reflexión que nace de la experiencia de las vidas de las mujeres (en particular, de pensadoras y filósofas feministas que trataron y tratan de construir un pensamiento propio, y de grupos de mujeres que se organizaron y se organizan para construir la paz). Se trata de añadir una visión en la que las mujeres, a menudo invisibles, son las protagonistas.

Partir de las vidas de las mujeres es problemático, pues las mujeres son plurales y su experiencia múltiple (problemática que afecta a todo sujeto colectivo). Sin embargo, a lo largo y ancho del mundo, y sobre todo en la historia, las mujeres comparten el haber sido objeto de una norma diferente a la de los varones de su propia cultura y grupo de pertenencia. También el haber dedicado, y en muchos lugares del mundo seguir dedicando gran parte de su tiempo, a tareas de sostenimiento de la vida: cuidar a los niños y niñas, ancianos, enfermos, dar de comer, ir a buscar agua… etc. Para visibilizar esta realidad, que incluye el cuidado pero no se limita al cuidado, Giulia Adinolfi habló de subculturas femeninas.

No hablaré de nacionalismo estrictamente, sino de nociones previas que están implícitas en él comoo el sujeto colectivo, la comunidad de pertenencia, la diferencia, la identidad. A ellas me referiré en primer lugar, para pasar después a destacar el protagonismo de las mujeres por la paz, mencionando iniciativas emblemáticas tomadas por ellas en guerras internacionales o inter-grupales. Finalmente, hablaré de la Resolución 1325 del Consejo de Seguridad, una herramienta para favorecer la participación de las mujeres en los procesos de paz.



3. Comunidades de pertenencia e identidad En este tiempo de globalización sobreinformada y desenraizante, las pantallas pueden situarnos a miles de kilómetros de distancia, en entornos culturales diversos. Gran parte de nuestro tiempo lo pasamos inmersos en imágenes y discursos que emergen de universos de valores y creencias ajenos a los que fuimos socializados. Ante la conmoción de vernos perdidos en un contexto mundial inabarcable, ha crecido el valor atribuido a las identidades colectivas cercanas.

La información, el capital y la tecnología se globalizan, pero la afirmación identitaria nacida de la experiencia concreta de compartir un territorio, una historia, una lengua o una religión, se hace más local. Esta afirmación identitaria ha dado lugar en los últimos tiempos, a un gran número de conflictos, algunos de ellos violentos, que han estallado en torno a identidades que se perciben en peligro o se consideran agredidas por otras .

Según un estudio de Pipa Norris del año 2000, basado en datos recogidos por la principal fuente de estadísticas comparativas sobre actitudes, valores y opiniones en el mundo, que es el World Values Survey, de la Universidad de Michigan, en plena globalización, no más del 15% de la gente se identifica con el mundo en general o con su continente (como Europa).

El 47% consideran su principal identidad de referencia la región o la localidad, en contraste con tan sólo el 38% que se refieren en primer lugar al Estado-nación. Los jóvenes son más cosmopolitas que los viejos, pero la dominación de la identificación regional / local se mantiene entre ellos .

En el marco de los Derechos Humanos, todo ser humano es un fin en sí mismo que ha de valorarse en su unicidad. La valoración suprema de la diferencia individual, que se plasma en la afirmación del derecho a la vida como derecho síntesis de todos los demás, es un logro histórico que ha de colocarse en el centro de nuestro pensamiento y de nuestra práctica.

Nuestras sociedades occidentales han entronizado la figura del individuo, la libertad y los derechos individuales. Pero el ser humano es también un ser social. La unicidad del ser humano plasma y es el reflejo de valores y actitudes diferenciales del grupo o grupos en los que se socializa. Puede decirse que la diferencia individual se construye en un marco de diferencias grupales.

Nacemos y crecemos en esa tensión entre individuo y comunidad. Cuando conocemos a alguien, para saber quién es, tras preguntarle su nombre solemos continuar la relación preguntando dónde nació y cuál es su lengua materna. A partir de estas referencias, nuestra propia memoria visualiza la geografía del lugar de origen, los océanos, las montañas, las canciones, la historia del país, la literatura y películas que han transmitido el modo de pensar y sentir de sus gentes. A esta red contextual, que es grupal e histórica, se añade la percepción del cuerpo, que se muestra como hombre o mujer de una determinada edad. Es desde este bagaje, desde el que proyectamos una mirada que da sentido y reconoce al ser humano que tenemos enfrente.

Hannah Arendt, que como judía vivió en su propia piel la persecución y el exilio, escribió que la falta de comunidad de pertenencia deja a un ser humano huérfano, sin lugar en el mundo. “Los refugiados, los apátridas, los encerrados en los campos de exterminio... han podido comprobar que la abstracta desnudez de ser nada más que humanos era su mayor peligro (...). Parece como si un hombre que no fuera más que un hombre hubiera perdido las verdaderas cualidades que hacen posible a otras personas tratarle como a un semejante (...) la privación fundamental en el terreno de los derechos no es la de la libertad, sino la de 'un lugar en el mundo que haga significativas las opiniones y efectivas las acciones' esto es, la privación de una comunidad de pertenencia, de una nación soberana en la que poder vivir como ciudadano el derecho a la diferencia frente a los otros pueblos” .

Lo destacable de esta cita, es el peso que da Arendt a la pertenencia a una comunidad política. Una comunidad que da sentido y protege.

Tener un grupo de pertenencia concede un lugar en el mundo, un lugar que da sentido a la existencia.

El grupo social puede ser una comunidad, una etnia, un pueblo, una nación, un sexo. La pertenencia a una comunidad, es vivida más o menos intensamente como identidad colectiva.

A menudo es transparente, es decir no se percibe, mientras no se confronta con otras identidades. Es cuando sales de Europa cuando sientes que eres europea, o latina al llegar a Estados Unidos. Hay quienes la piensan como una esencia y otros como una invención o construcción necesaria para salir de la soledad y la angustia del ser humano. Por mi parte, no creo en universos identitarios cerrados. La mera idea me parece un peligro. Pero sí en la necesidad de una comunidad de referencia que dé sentido a la experiencia propia, en el marco de una voz colectiva.

3. 1. Los sujetos colectivos: los aragoneses, los canarios, los vascos, las mujeres… Una voz colectiva, un nosotros, es la expresión de un sujeto colectivo, y aunque no se suele formular de este modo, la pregunta: ¿existen los canarios, los aragoneses, los vascos, las mujeres…? está en el fondo de muchos debates acerca del nosotros y las políticas identitarias.

La afirmación de un sujeto colectivo se mueve entre los polos del esencialismo –ligado a los rasgos biológicos o a la pertenencia a un universo cultural delimitado y delimitador- y el polo de la fragmentación que niega la existencia y realidad del nosotros. Si el esencialismo niega la libertad individual en la constitución del sujeto, la negación de una voz común actúa en la práctica como una estrategia de disolución de las políticas identitarias.

Si las mujeres, los aragoneses o los canarios no se ven como una identidad con cierta coherencia, ¿puede haber política feminista, o nacionalista? ¿Cómo defender los derechos políticos de un sujeto que no existe? Y si se afirma el sujeto colectivo, ¿sobre qué bases? ¿Cómo armonizar la defensa de los derechos colectivos con la pluralidad individual y la pertenencia simultánea a múltiples grupos?

Apoyándose en la noción de exterior constitutivo de Derrida, Chantal Mouffe dirá que siempre hay un exterior con el que estamos en interacción, que es constitutivo, que nos constituye. En cualquier instante, seríamos el resultado precario de un mestizaje, de un entrecruzamiento de posiciones de sujeto con las que podemos identificarnos, un resultado que es a su vez inestable. Para ella, no hay identidades esencialistas o naturales y refiriéndose a la identidad de las mujeres dirá que como cualquier otra es una identidad nómada sujeta a lo contingente.:

“En la medida en que toda objetividad depende de una alteridad ausente, necesariamente se remite a esa alteridad, está contaminada por ella. Esto impide para siempre la seguridad de una identidad que pertenezca a uno y a la que uno pertenezca (…)

De hecho la identidad se constituye a partir de una multiplicidad de interacciones y esto no ocurre dentro de un espacio cuyos contornos podrían ser delimitados (…)

hay que tener en cuenta a la vez la multiplicidad de los discursos y de las relaciones de poder que la atraviesan (…) hay que reconocer allí lo que se juega siempre como una relación de fuerzas” .

La mirada externa va acompañada de expectativas, saberes y creencias y es, en gran medida, constituyente, aunque exista a la vez una libertad personal que permita la rebelión contra ella, tanto interiormente como a través del desarrollo de un proyecto personal propio.

Las mujeres han crecido políticamente como voz precisamente en la rebelión ante ese exterior que trata de constituirlas en la sumisión y la inferioridad. El feminismo nace rechazando el esencialismo. No se nace mujer, se llega a serlo, escribirá Simone de Beauvoir. Expresa así el rechazo a una identidad impuesta, en la que ser mujer equivale a ser excluida de determinados ámbitos.

De modo análogo, una identidad nacional puede crecer entre estereotipos o pensarse y fomentarse como una esencia que delimita al sujeto colectivo de manera inescapable a través de un conjunto cerrado de rasgos, negando la pluralidad y las diferencias individuales de los miembros del colectivo.

Mouffe utiliza la imagen de un campo de fuerzas para hablar de las tensiones que rodean este debate pues en la práctica política se observa que la reafirmación y la negación de un sujeto colectivo es un conflicto vivo. Tanto en el caso del sujeto colectivo mujer –el uso del nosotras- como en otros se constata que “la existencia social de un grupo se construye siempre en el conflicto (…) ‘la identidad cultural’ es el escenario y también el objeto de combates políticos” .

3.2. Diferencia y desigualdad

Una noción implicada en el debate sobre los sujetos colectivos es la diferencia. Un grupo se conforma y delimita en torno a una diferencia, cultural, física, territorial… El problema de la diferencia es que puede convertirse en desigualdad. Es lo que sucedió a muchos grupos humanos marcados por una diferencia, por ejemplo a los negros, por ejemplo a las mujeres. Nacer con una piel de color, nacer en un cuerpo de mujer, la diferencia en ambos casos, se convirtió en discriminación y desigualdad para los miembros de estos grupos.

En particular, la existencia sexuada de los seres humanos se asoció solamente al hecho de ser mujer, considerada el sexo por antonomasia. Esta diferencia fue usada para construir una desigualdad que en la práctica significó el hurto de los derechos de la mujer como ser humano.

De ahí que la estrategia de las feministas ilustradas, que abogaban por la igualdad de derechos para las mujeres, consistiera precisamente en borrar como relevante el factor sexo, origen de la opresión.

La búsqueda de la igualdad condujo al rechazo de la definición tradicional del ser mujer, por estereotipada y opresiva, y a la integración acrítica en la cultura masculina tradicional.

Como escribieron las mujeres del grupo Giulia Adinolfi, el "esfuerzo ingente encaminado a conseguir una paridad entre los sexos a través de la igualdad de derechos y oportunidades, siendo fundamental, ha generado una tendencia hacia un ideal de igualdad que anula la diferencia sexual y cultural en favor de una identificación con la figura abstracta y simbólica del hombre-varón (...)

Esta percepción de la realidad y el malestar experimentado al integrarnos en un mundo no definido por nosotras ni interrogado a partir de nuestra experiencia y construcción cultural es lo que nos lleva a hablar hoy de crisis de identidad o malestar de la emancipación" . Al hilo de este malestar surgiría el pensamiento y la política de la diferencia sexual.

Esta corriente rechaza la homogeneización acrítica con los varones y afirma la diferencia sin renunciar a la igualdad, pues lo opuesto a la igualdad no es la diferencia sino la desigualdad. Según la historiadora Milagros Rivera, la diferencia de las mujeres no ha dejado de expresarse a lo largo de los tiempos.

3. 3. Discursos que manipulan la diferencia Los grupos sociales que marcan su diferencia suelen verse envueltos en conflictos, sobre todo aquellos que tienen y defienden una noción esencialista de su identidad. Se producen conflictos internos, cuando la tradición se anquilosa arrastrando pautas discriminatorias (muchas tradiciones culturales discriminan a las mujeres, imponiéndoles prácticas lesivas para su cuerpo como la ablación del clítoris y otras) que niegan la libertad individual de sus miembros.

Y se producen conflictos externos, entre distintos grupos. La identidad colectiva es la delimitación del nosotros, una delimitación que automáticamente sitúa al resto del mundo en el vosotros y ellos. Con sólo nombrarla, la relación nosotros/ellos puede convertirse en un antagonismo, “sucede cuando el otro, que hasta ahora se había considerado bajo el modo simple de la diferencia, empieza a ser percibido como aquel que niega mi identidad y cuestiona mi existencia.

A partir de ese momento, cualquier forma de la relación nosotros/ellos, ya sea de tipo religioso, étnico, económico u otro, se hace política” .

Para armonizar las diferencias, es saludable adscribirse a distintos grupos, no cerrar el círculo identitario en un universo único.

La mayoría de nosotros tenemos diversas comunidades de pertenencia: a una entidad local, a un sexo, a una nación, a una tradición cultural…A menudo entre las distintas pertenencias, también hay tensiones, dando lugar a conflictos que exigen un diálogo permanente. Un ejemplo de esta tensión identitaria múltiple es el que relata Pragna Patel del colectivo South Black Sisters .

“Nuestra experiencia como mujeres negras pertenecientes a una minoría en Gran Bretaña muestra que las construcciones de la identidad están constantemente en estado de flujo. Son negociadas y renegociadas en los procesos políticos y sociales, aquí y en el extranjero (…)

Los elementos reaccionarios dentro de nuestra comunidad buscan imponernos una identidad que nos confine en los roles tradicionales de esposas y madres, con el fin de asegurar que los valores religiosos y culturales permanecen intactos y son transmitidos de una generación a otra.

Hemos tenido que resistirnos también a los intentos realizados por los movimientos anti-racistas más progresistas de adscribir sobre nosotras una identidad negra, en singular. Tales construcciones, algunas veces abiertamente y más a menudo tácitamente, demandan la subyugación de todas las demás identidades en aras de la justicia racial.

Esto ha conducido a la negación de otras experiencias e identidades, como las que emergen del género, la casta, la clase y otras divisiones dentro de nuestras comunidades. Añadido a esto, nos hemos encontrado teniendo que resistirnos a las categorías y estereotipos racistas promovidos por el Estado Británico, cuyo efecto ha sido subordinar la diferencia, denigrar las culturas y religiones minoritarias, y confinarnos en el estatus de ciudadanas de segunda clase (o, en el caso de refugiadas, de tercera)” .

Los sentimientos de pertenencia, convertidos en nacionalismo, han sido a menudo manipulados utilizando a las mujeres. Se manipula a las mujeres cuando se les hace únicas o máximas depositarias de la tradición, impidiéndoles la evolución y el cambio (que vistan como quieran, que estudien, que conduzcan,…).

Se ha manipulado y se manipula a las madres, animándolas a criar hijos para la guerra (contra otros grupos) o para suicidarse por una causa, según el modelo de madre espartana, que en contra de su propio trabajo de alumbrar y dar vida, da más valor al resultado de la batalla que al hecho de que sus hijos mueran en ella.

Es importante resaltar que las culturas, las tradiciones, no están aisladas, no son monolíticas ni ahistóricas, se influyen unas a otras. Y que reformular la tradición no es ir contra ella. Los discursos externos nos constituyen pero no son inmutables, al igual que las costumbres lesivas, como la ablación del clítoris, son susceptibles de ser cambiados.



3. 4. Políticas identitarias

Tras desembarazarnos de esencialismos y falsas nociones, avisar de los peligros de la manipulación y admitir la plasticidad identitaria, hay que reconocer el papel de los sujetos colectivos ligados a la identidad, en la historia y en la política. El poder de atracción de un grupo identitario es inmenso. Moviliza emociones y promueve la acción, llegando por ello a tener un gran impacto político.

Volviendo a Chantal Mouffe, esta pensadora mantiene que la negación de un vínculo a priori, el esencialismo identitario, no tiene por qué transformarse en una separación efectiva. De hecho, históricamente, las mujeres y otros grupos adoptaron una voz común para lograr sus derechos. Para Mouffe, el sujeto colectivo es el resultado de una fijación parcial de identidades mediante la creación de puntos nodales. Como ya nos enseñaron viejas teorías, el sujeto colectivo sigue siendo el resultado de una opción y una conciencia.



4. Visiones positivas de la pertenencia comunitaria

A lo largo de los años, conocí a mujeres que se vieron involucradas en conflictos bélicos entre sus pueblos. Pude ver el sufrimiento que producen determinados liderazgos nacionalistas. Y también que hay visiones alternativas para vivir la noción de pertenencia y de comunidad, sin eliminar al otro.

En los años 90, con el estallido de la guerra en Yugoslavia, tuvimos una intensa relación con el grupo de las Mujeres de Negro de Belgrado que sufrían en el escenario de una guerra alentada por líderes nacionalistas. En los primeros encuentros internacionales organizados por ellas , precisamente porque era blandido como motivo para pelear, uno de los temas recurrentes fue el del sentido de la pertenencia. Mujeres croatas, bosnias y serbias, expresaban juntas su sentido de la comunidad:

«Yo vivía en el Oeste de Serbia. Serbios y musulmanes compartíamos y nos alegrábamos con las fiestas religiosas de unos y otros. No sentía la pertenencia a una nación. El espacio de la ex Yugoslavia me despierta gran nostalgia» .

Pero la tensión, las acusaciones y, finalmente, las matanzas alentadas entre los miembros de las distintas comunidades, destrozaron la buena convivencia:

«Soy refugiada en Belgrado, venida de Sarajevo. He vivido 36 años en un ambiente pluriétnico y pluricultural. Antes me declaraba yugoslava, ahora no puedo hacerlo. Tampoco puedo decir que soy bosnia porque ahora todos identifican bosnia con musulmana. Por tanto me declaro mujer de Sarajevo» .

La mayoría proyectaban la pertenencia en el cariño por la tierra, en canciones y paisajes, aspectos emocionales que se sitúan más allá de la política.

«Yo no hablo de pertenencia étnica, sino de pertenencia cultural. Para mí la patria es una categoría emocional: los espacios, colores y sabores de la tierra donde nací» .

Stasa Zajovic, de Belgrado, que nos conectó con el movimiento de Mujeres de Negro, escribió en aquellos días que la ideología nacionalista reduce la identidad de las mujeres a ser madres, que las madres son identificadas con la nación y la nación con la patria.

Los nacionalistas que ella conoció hablaban sin cesar del estado-nación en términos de madre: madre Serbia, madre Croacia, reclamando para ella el derecho a la autodeterminación. Mientras tanto, seguía diciendo, negaban a los hombres y mujeres de carne y hueso ese mismo derecho. A los hombres, les negaban el derecho a seguir su conciencia rechazando ir a la guerra y a las mujeres la autodeterminación sobre sus cuerpos y sus vidas.

De esa dura experiencia nacería su crítica al nacionalismo y su contraposición radical a la noción clásica de la patria: para todo ser humano, mantenía, la primera patria es el cuerpo de una mujer. Pero los cuerpos de las mujeres no se respetan. Son territorio colonizado: tierra disponible para ser cultivada por unos –para el engrandecimiento de la patria propia– y arrasada por otros –para dominación y colonización de los enemigos.

5. El protagonismo de las mujeres en la construcción de la paz

Desde la histórica exclusión de las mujeres de la vida política, algunas pensadoras desarrollaron una mirada crítica y escéptica ante las bondades de ‘la patria’, viendo cómo ésta ha sido invocada muy a menudo para la lucha.

Un ejemplo preclaro es Virginia Woolf en su libro Tres Guineas (1938), que escribió en respuesta a la pregunta de cómo pueden contribuir las mujeres a evitar la guerra, formulada por un amigo que le hace llegar al mismo tiempo unas fotografías sobre la Guerra Civil española. En él expresará la idea que compendia el pensamiento de la diferencia, al decir que lo mejor que podemos hacer las mujeres para evitar la guerra es no repetir los actos y las palabras de los hombres.

Con respecto a la patria, escribirá:

“Raro ha sido el ser humano, en el curso de la historia, que haya caído bajo un rifle sostenido por una mujer, la gran mayoría de los pájaros y las bestias han sido muertos por los hombres, por ustedes y no por nosotras. Y es difícil enjuiciar lo que no compartimos… La contestación basada en nuestra experiencia y en nuestra psicología -¿por qué luchar?- carece de valor.

Evidentemente, para ustedes en la lucha hay cierta gloria, cierta necesidad, cierta satisfacción, que nosotras jamás hemos sentido ni gozado (…)

Sin embargo, estos sentimientos y opiniones no son universalmente compartidos por los individuos de su sexo… Como sea que las biografías demuestran que las diferencias de opinión abundan, es evidente que ha de haber alguna razón prevalente que explique aquella avasalladora unanimidad.

¿La llamaremos, en aras de la brevedad, ‘patriotismo’? A continuación deberemos preguntarnos: ¿Qué es este ‘patriotismo’que lleva a la guerra?” .

Para Virginia Woolf , el patriotismo, tantas veces esgrimido para pelear, no tiene sentido para las mujeres. Desde la exclusión, se pregunta:

¿Qué significa para mí la patria, siendo como soy una extraña? (…) En mi condición de mujer no tengo patria. En mi condición de mujer, no quiero tener patria. En mi condición de mujer, mi patria es el mundo entero .

Esta consideración, según la cual el patriotismo, o determinadas formas de concebirlo, sería una fuente de resistencias a la paz, no ha quedado anclada en la historia. Es compartida por grupos más recientes de resistentes a la guerra como las Mujeres de Negro, de Belgrado y de tantos otros lugares en el mundo.

Dicho esto, hay que decir que las mujeres no son pacíficas por naturaleza. No somos mejores que los hombres. Hemos participado y sido cómplices de las guerras, en particular de un modo especialmente pernicioso, del que también habla Virginia Woolf, admirando a los héroes, siendo espejos en los que ellos se ven a tamaño doble del natural. Sin los espejos, muchas guerras no se llevarían a cabo.

6. Mujeres organizadas para construir la paz

Mantener que las mujeres no son ni más pacíficas ni mejores que los hombres, no impide reconocer y destacar un hecho importante: que la causa de la paz es uno de los movimientos políticos que más mujeres ha movilizado, a lo largo del último siglo. Su participación en la reclamación de la paz siempre ha estado acompañada de la polémica mencionada en el apartado anterior, de la polémica de si las mujeres, por serlo, tienen algo específico que aportar a la causa de la paz.

A principios de siglo, la Alianza Internacional por el Voto de la Mujer, en nombre de doce millones de mujeres de 26 países, antes de estallar la guerra en 1914, lanza un manifiesto llamando a la conciliación y el arbitraje.

Unos meses más tarde, en mayo de 1915, alrededor de un millar de mujeres representando a 12 países, tanto involucrados en la guerra como neutrales, fueron capaces de saltar las barreras psicológicas y materiales que les separaban y reunirse en La Haya en lo que fue el Primer Congreso Internacional de Mujeres.

Presidido por Jane Adams, Nobel de la Paz en 1931, el Congreso protestó contra la locura y el horror de la guerra y recomendó la mediación inmediata de los países neutrales; finalizado el Congreso, delegadas elegidas hicieron llegar a los gobiernos las resoluciones de paz acordadas por las mujeres.

En la segunda mitad del siglo el protagonismo de las mujeres en el movimiento por la paz, sobre todo en el pacifismo nuclear, es innegable.

Todavía quedan cerca las iniciativas que desplegaron grupos de mujeres de toda Europa contra la instalación de misiles nucleares en los años 80. Las mujeres llevaron a cabo marchas sobre Paris, en 1981; Minsk, 1982 y Washington, 1983, y durante años mantuvieron iniciativas como el campamento de Greenham Common, en las inmediaciones de una base de misiles en Gran Bretaña. Greenham Common llegó a ser una fuente de inspiración para el conjunto del movimiento por la paz.

El trabajo en pequeños grupos constituidos por afinidad, las decisiones tomadas por consenso, la firme decisión de unir los fines y los medios y el enfoque de convertir la vulnerabilidad en fuerza, pasó a ser una filosofía que enriqueció el legado histórico de la no-violencia.

En las últimas décadas, han surgido grupos de mujeres para trabajar por la paz. Ellas se organizan persiguiendo distintos objetivos y compartiendo un denominador común: enfrentarse y deslegitimar la lógica que trata de imponer el triunfo de la fuerza bélica sobre la razón y la vida.

Hay grupos de mujeres organizadas:

a) Para oponerse a la guerra o las políticas militaristas y de agresión que llevan a cabo sus gobiernos.

b) Para romper las barreras entre grupos y acercar comunidades divididas y enfrentadas. c) Para la búsqueda de soluciones no militares a conflictos estructurales.

d) Contra la impunidad: para que no se repitan los genocidios, las desapariciones forzosas y las persecuciones sufridas por determinados grupos humanos.

e) Para apoyar a mujeres que viven en situaciones de guerra o de falta de libertad y derechos humanos (guerra contra las mujeres), en países distintos al suyo.

f) Para lograr que el trabajo de base de las mujeres cuente en la toma de decisiones (trabajo de lobby, por ejemplo el que lleva a cabo UNIFEM, algunas mujeres del Parlamento Europeo, y algunos grupos y mujeres de EEUU).

6.1. Las Mujeres de Negro

Un ejemplo de movimiento de mujeres organizadas para disentir de la política y acciones de su gobierno y acercar comunidades enfrentadas, es el que forman los grupos de Mujeres de Negro.

Las Mujeres de Negro nacen en 1988, en Israel, cuando 7 mujeres israelíes se colocan en una plaza de Jerusalén, vestidas de negro, con un cartel que dice: “No a la ocupación de Gaza y Cisjordania”. En 1991, se constituirían de modo análogo las Mujeres de Negro de Belgrado, para protestar por la política agresiva del gobierno serbio de Slodoban Milosevic.

En 2001, transcurridos diez años de su existencia, las Mujeres de Negro de Belgrado explicaban así los principios éticos de su política feminista por la paz, expresada a través de su cuerpo en la calle: asumir la responsabilidad propia denunciando a los líderes y negándoles la representación y la asunción de que hablan en su nombre; la disconformidad con las posturas nacionalistas tanto del propio país como del otro enfrentado; la aceptación del rol de traidoras, que así las han llamado persistentemente en las calles de Belgrado, o en las esquinas de Israel; la construcción de lazos de confianza entre mujeres de distintas pertenencias étnicas, sobre todo con aquellas que se rebelan contra la guerra y su bando; el ser antipatriotas, cuando el patriotismo significa no sólo la exclusión, sino la eliminación de otros, de aquellos que son diferentes; la transformación de los sentimientos de culpa en una responsabilidad asumida, y el apoyo a los desertores y objetores de conciencia, aliados de las mujeres para el cambio de la mentalidad patriarcal.

Siguiendo esta filosofía han crecido grupos de Mujeres de Negro por todo el mundo. En el verano de 2003 tuvo lugar un encuentro en Marina di Massa, Italia, que reunió más de trescientas mujeres venidas de la Ex-Yugoslavia, Italia, Francia, Alemania, España, Gran Bretaña, Finlandia, Suecia, Israel, Palestina, Turquía, Chipre, EEUU, Japón, Colombia...En este Encuentro, además de escuchar los testimonios de mujeres venidas de los lugares difíciles, la red de grupos se reafirmó en su voluntad de seguir trabajando para erradicar la guerra de la historia.

6.2. La Ruta Pacífica de las Mujeres Colombianas y la Organización Femenina Popular

Se trata de más de 315 organizaciones y grupos de mujeres coordinadas en 8 regionales (Santander, Valle del Cauca, Risaralda, Cundinamarca, Putumayo, Antioquia, Chocó y Cauca) que buscan una salida negociada al conflicto colombiano. Se declaran pacifistas, antimilitaristas y constructoras de una ética de la no-violencia en la que la justicia, la paz, la equidad, la autonomía, la libertad, y el reconocimiento de la otredad son principios fundamentales.

Surgen públicamente en 1996 como respuesta a la grave situación de violencia en la que se encuentran las mujeres en las zonas de conflicto, tanto en las áreas rurales como urbanas; violencias que han sido invisibilizadas y subvaloradas por las violencias que se suponen más fatales.

Para llevar a cabo sus propuestas recorren las zonas de enfrentamiento en autobuses, realizan marchas y tratan de deconstruir los símbolos que refuerzan la guerra, la exclusión y el exterminio. El último martes de cada mes llevan su protesta a las calles de Bogotá, Medellín, Puerto Caicedo, Pereira, Calí, Barrancabermeja, Bucaramanga, Popaya, Quipdó…

6.3. Mujeres contra la impunidad: para que no se repita

En muchos lugares, tras la guerra, o el genocidio, son las mujeres las que continúan en la lucha contra la impunidad, y por la recuperación de la verdad y la justicia. Las Madres y las Abuelas argentinas de la Plaza de Mayo, son el grupo paradigmático.

Ellas son el ejemplo de lo que puede llamarse la ‘maternidad militante’. Precisamente por ser madres se las consideró fuera de la política. Se las tomó por locas. Pero desde el lugar de la exclusión fueron capaces de retar a una de las dictaduras más sangrientas de América Latina. . Otros ejemplos son la Coordinadora Nacional de Viudas de Guatemala (CONAVIGUA) o el Comité de Madres Oscar Romero, en el Salvador.

CONAVIGUA se constituyó en 1988, por mujeres de origen maya, la mayoría analfabetas, víctimas de la violencia, de la discriminación y la pobreza. Tras la política de violencia generalizada impulsada por el ejército contra las comunidades indígenas y que tuvo como consecuencia la muerte y la desaparición forzada de miles de familiares de estas mujeres, decidieron unirse para combatir el racismo y la discriminación, en defensa de los Derechos Humanos, sobre todo de las mujeres indígenas, en la denuncia y exhumación de cementerios clandestinos, en el acceso a la justicia de los pueblos indígenas y en el impulso del programa de resarcimiento para las víctimas de genocidio.

De modo análogo, el Comité de Madres de Desaparecidos de El Salvador (COMADRES), trabaja por la defensa de los Derechos Humanos, en una lucha que rescata la dignidad de la víctima y del familiar que está vivo. Alicia de García, miembro de este grupo dice que el problema de las víctimas ha de ser de toda la sociedad, que la impunidad es un crimen que lesiona a todo el entorno, que la verdad las víctimas ya la saben y quien no la sabe es la sociedad. Que el sistema también la sabe, pero la oculta. Por eso hay que sacar a la luz esa verdad, porque eso es lo que origina impunidad .

En Ruanda, las mujeres que forman la Asociación de viudas, AVEGA, tras el genocidio se reunieron por primera vez bajo un árbol, en Kigali; una semana más tarde ya eran 50. Su objetivo fue tratar de sobrevivir, ayudarse unas a otras, buscar apoyo psicológico y para la salud, continuar con la vida y hacerse cargo de los niños que habían quedado huérfanos.

6.4. Mujeres que apoyan a otras mujeres: la sororidad internacional

La desigualdad y discriminación que sufren muchas mujeres constituye un tipo de violencia estructural todavía muy extendido en el mundo. Luchar en contra de esta discriminación, es también un trabajo por la paz. Para lograr el avance de la equidad de género, juega un papel fundamental el establecimiento de alianzas entre mujeres, entre organizaciones de distintos países y el apoyo de los organismos internacionales, que establecen compromisos a menudo por la presión de las mujeres de países con más poder e influencia.

Uno de los casos más sobresalientes es el de Afganistán. El régimen talibán, que se mantuvo desde 1996 al 2001, fue terrible para las mujeres. Las Mujeres de Negro italianas, desde 1999 mantuvieron lazos con dos asociaciones de mujeres de la región: RAWA, la única organización de ese país que reivindicaba el empoderamiento de las mujeres y el respeto de sus derechos en un estado laico; y HAWCA, asociación para la asistencia humanitaria a los prófugos, a las mujeres y a los niños en Afganistán y Pakistán, sin discriminaciones de etnias.

El lobby de mujeres europeas, europarlamentarias y militantes de organizaciones políticas trabajó a favor de las mujeres afganas. En 1997, Emma Bonino, como Comisaria Europea para la Ayuda Humanitaria del Parlamento Europeo visitó y fue detenida en Kabul. El 8 de marzo de 1998, lanzó el lema “Una flor para las mujeres de Kabul”, para llamar la atención sobre las duras condiciones de vida de las afganas. Finalmente, se logró que la ONU reconociese al régimen talibán como gobierno legítimo. El 16 de diciembre de 1999, Luisa Morgantini, europarlamentaria italiana, promovió un Encuentro para oir a las mujeres afganas en el Parlamento Europeo y para pedir el derecho de asilo para las obligadas a huir de su país. A lo largo de la sesión, Luisa Morgantini, vistió el burka, obligatorio para las afganas bajo el régimen talibán.



7. Mujeres y negociaciones de paz. La Resolución 1325 del Consejo de Seguridad

Muchas mujeres en el mundo hacen esfuerzos desde la base para conseguir una convivencia en paz. Existe una gran diversidad de grupos que se oponen a la guerra y que ofrecen visiones alternativas de la realidad. Pero siguen siendo excluidas de las mesas donde se toman acuerdos, donde se negocia la paz. El argumento que se esgrime para su exclusión es que son las partes contendientes las que han de negociar la paz, y que la presencia de las mujeres no añade nada, ni es necesaria.

Sin embargo, hay que tener en cuenta que la mesa de la paz no es un acontecimiento puntual sino un proceso que va a marcar el futuro desarrollo de la vida en el país. El proceso de negociaciones de paz incluye asuntos como:

acuerdos para compartir el poder, para la reconstrucción económica, para la desmovilización y reintegración de los combatientes, legislación sobre derechos humanos, la regulación del acceso a la tierra, a la educación y a la salud, el estatus de las personas desplazadas, el papel de la sociedad civil, etc. Es cuando pensamos en las negociaciones como un proceso, del que depende la estructura social que va a reconstruir la convivencia, cuando se ve la importancia de la participación de las mujeres en él.

En la práctica, sucede que el protagonismo de las mujeres en las organizaciones civiles y de base, no es fácilmente trasladable a la mesa de negociaciones. Existen resistencias por todas partes, y les sucede también a las mujeres que han sido combatientes.

7.1. El caso de Irlanda del Norte

Durante décadas católicas y protestantes trabajaron juntas por el diálogo y la colaboración entre las dos comunidades enfrentadas. Antes de que las conversaciones de paz empezaran en 1985, había en Irlanda del Norte, en torno a 400 organizaciones de mujeres por la paz, en activo. Años atrás, en 1976, las actividades e iniciativas en este sentido, desplegadas por Betty Williams y Mairead Corrigan, de Mujeres Irlandesas por la Paz, les hicieron merecedoras del Premio Nobel de la Paz.

En 1996, el mediador internacional Georges Mitchell puso como condición para participar en la mesa de negociaciones que las partes tenían que ser representantes elegidos. Con este requisito los diez mayores partidos no tenían problema para estar incluidos pero las mujeres carecían de una opción política propia. Ante este vacío, un grupo de activistas convocó una reunión a la que asistieron más de 200 organizaciones de mujeres de ambas comunidades.

El resultado fue la creación de la Coalición de Mujeres de Irlanda del Norte (Northern Ireland Women’s Coalition, NIWC). La Coalición logró colocar dos candidatas tras las elecciones, lo que les aseguró un lugar en la mesa de negociaciones.

Su programa planteaba como ideas fuerza: la inclusión, la igualdad y el respeto a los derechos humanos.

Helen Jackson, parlamentaria británica que trabajó de cerca con las organizaciones de mujeres en Irlanda del Norte, dice que las preocupaciones que ponen las mujeres sobre la mesa de negociaciones son, a menudo, diametralmente opuestas a las de los hombres. Para muchas, importa más la educación y el cuidado de los hijos y la situación de su hogar que otras cuestiones.

Mo Mowlan, ministra británica que estuvo al cargo de las negociaciones de paz en la zona, atribuye el amplio respaldo que logró entre la población el Acuerdo de paz de Viernes Santo, el 70% de la población en Irlanda del Norte, al trabajo persistente llevado a cabo a lo largo de los años por los grupos de mujeres.

7.2. La Resolución 1325 del Consejo de Seguridad Precisamente por esta distancia entre el trabajo de base de las mujeres por la paz y su participación en la mesa de negociaciones, durante años una alianza de grupos de mujeres llevó a cabo una tarea de lobby para lograr que el Consejo de Seguridad aprobara una resolución al respecto.

Así fue que por primera vez en sus cincuenta años de historia, en octubre de 2000, el Consejo de Seguridad discutió y aprobó una resolución, la 1325, en la que se aborda la participación de las mujeres en los procesos de paz. La 1325 llama al Consejo de Seguridad, al Secretario General de Naciones Unidas, a los estados miembros y al resto de partes agencias humanitarias, militares y sociedad civil a emprender acciones en cuatro áreas distintas que están interrelacionadas:

1. El aumento de la participación de las mujeres en los procesos de paz y la toma de decisiones.

2. El entrenamiento para el mantenimiento de la paz desde una perspectiva de género.

3. La protección de las mujeres en los conflictos armados y en las situaciones post-conflicto.

4. La introducción transversal del género en la corriente principal de recogida de datos y sistemas de información de Naciones Unidas, así como en la puesta en práctica de los programas.

En esta resolución, el Consejo de Seguridad reconoce no sólo que «la paz está inextricablemente unida a la igualdad entre hombres y mujeres» sino que «el acceso pleno y la participación total de las mujeres en las estructuras de poder y su completa implicación en los esfuerzos para la prevención y la resolución de conflictos, son esenciales para el mantenimiento y la promoción de la paz y la seguridad».

El doctor Theo-Ben Gurirab, Ministro de Asuntos Exteriores de Namibia y presidente del Consejo de Seguridad, en el momento en que se aprobó la Resolución 1325, lo expresaba de este modo: si «las mujeres son la mitad de toda comunidad..., ¿no han de ser también la mitad de toda solución?» .

Para terminar este recorrido que ha ido desde los sujetos colectivos y la diferencia, hasta la implicación de uno de ellos, las mujeres, en la construcción de la paz, quisiera insistir en que esta perspectiva y compromiso de las mujeres por la paz nace de una determinada socialización, no de una esencia. Una socialización que puede universalizarse. Y ha de universalizarse.

Sin duda comenzando por dar valor a la experiencia de cuidado y sostenimiento de la vida humana realizada por las mujeres a lo largo de la historia. Y ofreciéndola de modelo para la socialización de todos, chicos y chicas. La sostenibilidad de la vida no es un asunto que competa a las mujeres especialmente. Tampoco la paz. La paz es un bien universal por el que hemos de trabajar juntos, hombres y mujeres.